El ángel del olvido: el misterio del surco bajo la nariz y el conocimiento antes de nacer

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Existe una antigua enseñanza recogida en el Talmud, uno de los textos fundamentales de la tradición judía, que afirma que antes de nacer cada ser humano conoce todos los secretos del universo. En el vientre materno, un ángel personal acompaña al alma que está por encarnarse y le revela la totalidad del conocimiento: la verdad sobre la vida, la muerte, el propósito, el bien y el mal.

Sin embargo, justo en el instante previo al nacimiento, ese mismo ángel posa suavemente su dedo sobre los labios del niño y le ordena callar. En ese gesto sagrado, todo el saber es olvidado. El alma atraviesa el umbral del mundo material envuelta en un silencio profundo. Y la marca de ese toque permanece para siempre en el cuerpo: el pequeño surco que todos tenemos entre la nariz y el labio superior.

Ese surco se conoce anatómicamente como filtrum o surco nasolabial. Para la ciencia es simplemente una estructura formada durante el desarrollo embrionario. Para la tradición mística, es la huella del ángel del olvido.

La enseñanza talmúdica y el ángel Lailah

En la tradición hebrea, especialmente en el tratado Niddah 30b que aborda los aspectos biológicos, se menciona que el feto es instruido en la totalidad de la Torá mientras está en el vientre. El ángel que lo custodia —a veces identificado como Lailah, el ángel de la noche y la concepción— le muestra el universo entero, desde el principio hasta el final de los tiempos.

Cuando llega el momento del nacimiento, el ángel toca sus labios y le hace olvidar. La vida humana, según esta visión, no es un aprendizaje desde cero, sino un proceso de recordar lo que el alma ya sabía.

Esta idea resuena con una noción profundamente filosófica: la anamnesis de Platón. El filósofo griego sostenía que aprender es recordar conocimientos que el alma contempló antes de encarnarse. Dos tradiciones separadas por siglos y culturas distintas coinciden en una intuición común: el saber no se adquiere, se despierta.

El filtrum: entre biología y símbolo

Desde el punto de vista científico, el filtrum se forma durante el desarrollo embrionario cuando las estructuras faciales se fusionan. Es el punto donde confluyen distintos procesos de crecimiento celular. Su forma y profundidad varían entre individuos y, en medicina, puede ofrecer información sobre ciertas condiciones congénitas.

Pero más allá de la biología, el simbolismo del filtrum ha fascinado a distintas culturas. En la mitología griega existía el término “philtron”, relacionado con el amor y el beso. Esa zona del rostro era considerada particularmente sensible, asociada al afecto y a la conexión íntima. No es casual que el gesto del silencio —dedo sobre los labios— tenga una fuerza simbólica tan poderosa.

Además, desde una perspectiva evolutiva, el desarrollo preciso de esta zona contribuye a la movilidad fina de los labios. Esa movilidad fue esencial en la evolución del lenguaje humano. Gracias a ella podemos articular sonidos complejos, construir palabras y narrar historias. Paradójicamente, el mismo lugar que simboliza el olvido es también el que nos permite hablar.

El conocimiento olvidado y el subconsciente

Si tomamos la enseñanza talmúdica como metáfora, su profundidad psicológica es notable. La idea de que poseemos un conocimiento olvidado guarda resonancias con el concepto moderno de inconsciente desarrollado por Freud y ampliado por Jung. Este último habló de un inconsciente colectivo, un reservorio de símbolos universales compartidos por la humanidad.

¿Y si ese “olvido” no fuera absoluto? ¿Y si el surco bajo la nariz fuera un recordatorio corporal de que en algún lugar profundo de nuestra psique existe una sabiduría latente?

Muchas corrientes espirituales sostienen que el propósito de la vida no es acumular información, sino recordar quiénes somos realmente. La meditación, la contemplación, el estudio espiritual o incluso el arte serían caminos para acceder a esa memoria velada.

El gesto del silencio en la historia

La figura del ser que invita al silencio aparece en múltiples tradiciones. En el mundo grecorromano, el dios Harpócrates —adaptación helenística del dios egipcio Horus niño— era representado con el dedo sobre los labios. Aunque originalmente simbolizaba la infancia, en el imaginario occidental pasó a encarnar el secreto y el misterio.

En esculturas funerarias del siglo XIX, especialmente en cementerios monumentales europeos, encontramos ángeles o querubines realizando ese mismo gesto. El mensaje es claro: hay verdades que no pueden expresarse con palabras.

Silencio no como ausencia, sino como contención del misterio.

Entre mito y ciencia

Desde la ciencia no hay evidencia de ángeles instructores ni de memorias prenatales conscientes. Pero sí sabemos que el cerebro humano posee una capacidad extraordinaria para generar sentido y que nuestra biología está impregnada de procesos invisibles y complejos que durante siglos fueron incomprendidos.

La mitología no pretende competir con la ciencia; ofrece un lenguaje distinto. Mientras la ciencia explica cómo se forma el filtrum, el mito explora qué podría significar.

Ambos discursos pueden coexistir: uno describe el mecanismo, el otro el sentido.

¿Recordar es posible?

La enseñanza talmúdica sugiere que todo lo que necesitamos saber ya habita en nosotros. No como datos concretos, sino como intuición profunda. Tal vez por eso sentimos a veces una certeza inexplicable, una resonancia interior cuando escuchamos ciertas verdades.

No sería la primera vez que el ser humano intuye que su conciencia es más antigua que su cuerpo.

El pequeño surco bajo la nariz, tan cotidiano y aparentemente insignificante, puede contemplarse como un simple detalle anatómico… o como la huella de un pacto silencioso entre el alma y el misterio.

Quizá el ángel no nos arrebató el conocimiento, sino que nos dio el desafío de redescubrirlo.

Y tal vez la verdadera pregunta no sea qué olvidamos al nacer, sino qué estamos dispuestos a recordar ahora.

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